viernes, 4 de enero de 2019

Mumiah, el Ángel que nos protege de operaciones mágicas





Atributo: Dios fin de todas las cosas.
Planeta: Luna.
Coro Angélico: Guardianes.
Sefiráh: Yesod.
Horario de regencia: de 23:40 a 24 horas.
Días de regencia: 4 de enero, 17 de marzo, 29 de mayo, 9 de agosto, 23 de octubre

Mumiah


¿Para qué se le invoca?

·         Protegernos contra operaciones mágicas de las cuales no tenemos conocimiento.
·         Ayudarnos a tener flexibilidad en lo emocional.
·         Proteger a pobres y sufrientes.
·         Ayudarnos a ver nuestras trabas emocionales.

Mumiah


Los nacidos bajo su regencia

Las personas nacidas bajo su influencia serán célebres por sus descubrimientos maravillosos, descubrirán secretos de la naturaleza y siempre tendrán palabras de fuerza y coraje contra la maldad y la injusticia. Gusta de los cambios porque son renovadores, siempre reformulan su forma de pensar. Detesta las cosas ilusorias y siempre estará ayudando a las personas que salen de estados opresivos o deprimentes. Buscan incesantemente la verdad para alcanzar una situación más objetiva de la vida. Estará dotado de una fuerza superior, pudiendo desencadenar acontecimientos para sí y los demás que necesiten de su iniciativa. Batallará por ideales y trabajará en forma magnífica reservando una especial atención al estudio de las leyes. Atraerá riqueza y poder a través de sus palabras y será un profundo conocedor entre la relación del macro microcosmos.

Cita bíblica

¡Ya puedes, alma mía, estar tranquila,
que el Señor ha sido bueno contigo!

Salmo 116:7

Mumiah: “Sin miedo a la muerte”


Muchas experiencias de la vida son duras, pero ninguna lo es tanto como la pérdida de un ser querido, y sin embargo, esta opinión que es muy popular no parecía ser compartida por Yesod, la Joven Yesod, que en aquellos momentos se despedía de su amado abuelo, el anciano Mumiah.

-No debes estar triste pequeña, la tristeza no es buena para el corazón, y además envejecerás antes.

Eran las palabras de un moribundo que luchaba por no dejar una huella amarga en el recuerdo de la joven.

– Como puedo estar feliz cuando te estas muriendo? -contesto con desolación Yesod, al tiempo que hacia un desesperado intento para no llorar -.

-Hija mía, he vivido 72 años y me siento orgulloso de ello. La vida es hermosa, pero tan solo es un reflejo de la belleza que le aguarda allí donde voy. Soy feliz porque he cumplido con mi trabajo y ahora como un fruto maduro debo dejar esta tierra para renacer en otra.

-¿Pero abuelo, como puedes estar tan seguro de lo que dices? -pregunto angustiada la Joven -.

-Ja, ja, ja -sonrió dulcemente el anciano -, los años hija mía, los años nos hace sabios, ¿acaso la naturaleza entristece cuando uno de sus árboles da sus frutos maduros a la tierra? No, todo lo contrario, se enorgullece, pues ese fruto lleva una nueva semilla y será con su muerte que le permitirá renacer, brotar y crecer, convirtiéndose nuevamente en árbol. ¿Lo entiendes pequeña? Todo en la vida sigue esa ley de renacimiento y cambios.

La joven Yesod quedo pensativa. Aquellas palabras habían despertado su conciencia y ahora veía las cosas de distinta manera. Amaba a su abuelo, y sin embargo, ahora no se sentía infeliz por su marcha, estaba segura que allí donde renaciera todos estarían encantados de recibirle.

Los años pasaron y aquella joven creció siguiendo los consejos que tan sabiamente le había legado el anciano. Desde aquel día, Yesod se prometió que no desfallecería en su empeño de compartir con los demás la inmensa riqueza que había heredado de su abuelo.

Cierto día, y de manos de la desgracia, estallo una guerra. Durante siete sangrientos días, los pueblos se arrasaron y los campos quedaron devastados.

El sufrimiento, el dolor y la desolación eran la única atmósfera respirable y se hacían ya tan insoportables que muchos buscaron refugio en el suicidio.

Yesod también era víctima de aquella situación, pero su actitud era muy distinta. Saco coraje de donde podía haber flaqueza y se entregó por entero al servicio de las necesidades.

Eran tantos que apenas si le quedaban fuerzas para atenderles a todos, pero no desfallecía, el cansancio no conseguía abatirla, y gracias a sus infatigables esfuerzos, muchos enfermos encontraban alivio, y aquellos que cegados por la desesperación quisieron quitarse la vida. Pronto cambiaron de opinión, pues las sabias palabras de Mumiah, el noble anciano, se habían renovado con más fuerza en el espíritu de Yesod, que se convertiría en una sublime luz que alumbraría sus vidas.

Fin.

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